El icono del aperitivo francés nació de una intuición simple y genial: la de Paul Ricard en 1932. No es un simple pastis, es la Casa que institucionalizó el arte de vivir bajo el sol de la Provenza-Alpes-Costa Azul.
Imagina la Canebière, el buen humor y el sonido de los cubitos de hielo. El pastis de Marsella, tal como lo quiso su creador, es un secreto celosamente guardado, infusionado con un saber hacer inimitable donde el anís y el regaliz juegan los papeles principales. Su regularidad legendaria lo convierte en la referencia absoluta. Encierra el verano eterno, ya sea en una terraza marsellesa o en pleno corazón de Francia.
Nos encanta su frescura intensa, que sacia instantáneamente la sed en cuanto se alarga con agua bien fría. Ricard es el compañero ideal para los momentos de compartir, ofreciendo un carácter franco y ese sabor inmediatamente reconocible que hace rimar Sur con convivialidad. Un monumento para saborear, que recuerda en cada sorbo que es hora de la petanca y de la dulzura de vivir.